Los pueblos étnicos del norte de México, una minoría demográfica en relación con la población “mestiza”, conservan características culturales que los distinguen aun de la población de orígen mesoamericano en el centro y sur de México. Aunque divididos por la historia y la frontera entre México y los Estados Unidos, los indígenas norteños tienen más similitudes a nivel social y cultural con varios de los grupos del suroeste norteamericano que con los del centro de México. Esto se debe a un pasado común pleno de interacciones, alianzas, guerras y comercio entre los “indios mexicanos norteños” y los “indios del suroeste americano”. Con los pueblos mesoamericanos comparten, sin embargo, la matriz lingüística: el tronco uto nahuatl (si se dice desde México), o yuto azteca (si se dice desde los Estados Unidos).

Este parentesco lingüístico entre norteños (o chichimecas) y mesoamericanos es un indicio de que en tiempos remotos (mil años) el “norte” y el “sur” “mexicanos” eran parte de una misma unidad migratoria de grupos que provenían del norte del continente, y que se fueron asentando desde las planicies de Nuevo México y Arizona (donde vivieron como nómadas cazadores recolectores) hasta el Valle de Tenochtitlan. Ahí, un grupo de chichimecas guiados por el mítico Xolotl, desarrolló una sociedad compleja, jerarquizada y estatal, básicamente sedentaria, comerciante y agrícola, hacia el siglo XIII después de Cristo, que fue conocida más tarde como “imperio mexica”.

Para el siglo XVI, “el siglo del contacto”, la diferencia principal entre los pueblos mesoamericanos y los chichimecas del norte fue que los primeros desarrollaron sociedades estatales y jerarquizadas con establecimientos sedentarios, mientras que los segundos, en su mayoría nómadas, no tenían estructuras de poder centralizadas y basaban su economía en la caza- recolección, con agricultura incipiente o temporal (con excepción de Oasis América, “los indios pueblo”) y practicaban el intercambio comercial con estos indígenas, quienes eran sedentarios.

“Grupos Étnicos” del norte y los Estados donde habitan en el siglo XXI


Pai Pai, Kochimí y Kumiai, en Baja California
Yaquis, Mayos y Seris , en Sonora
Tarahumaras, Pimas, Warojíos y Tepehuanos, en Chihuahua
Kikapús, en Coahuila
Oaxaqueños, en Baja California, Chihuahua, Nuevo León
Yumanos, en California
Apaches, Navajos, Pueblo, en Arizona y Nuevo México
Comanches en Texas (extintos poco después de los búfalos, en la primera mitad del XIX)


a ) Lo que significa ser TARAHUMARA


La identidad de los tarahumaras tiene que ver con su ligereza de pies. Una de sus características distintivas es la resistencia física para recorrer largas distancias, caminar, correr, subir cerros, bajar barrancos. Varios etnógrafos consideran que la palabra “rarámuri” (con la que se llaman a sí mismos los tarahumaras) significa justamente “pie corredor” y, más poéticamente, los llaman también, “pies ligeros”. Este significado se ha derivado del sufijo rala : pie y muli: del verbo correr. (Escribimos “rarámuri” con la gramática de español y “ralamuli” con la del tarahumara).

Fue un misionero jesuita, Joan Font, quien llamó por primera vez en 1602 a estos pobladores “taraumaros” y así se conocieron después. Los términos “rarámuri” y “tarahumara” tienen mucha similitud lingüística y es posible concluir que el segundo es una castellanización del primero.

Ser rarámuri, desde la perspectiva de éstos, es considerarse un pilar del mundo; es saber que su primer deber ético y religioso es bailar, conforme al mandato de Dios, para que llueva y el mundo siga existiendo; es habitar en la Sierra Madre Occidental y vivir cultivando maíz. Esto último es importante, pues la agricultura de temporal ha sido el factor estructurante de su vida, al menos en un periodo histórico comprendido entre finales del siglo XVII y mediados del siglo XX.

La identidad étnica rarámuri se establece por oposición a los “blancos” o “mestizos”. Ser rarámuri (indígena, persona u hombre) significa (desde la propia cultura tarahumara) hacer bien las cosas de la vida, tal como a Dios le gusta; significa pensarse como los habitantes de la orilla del mundo; ser diferente y particular, étnicamente distinto de los mestizos ( chabochi) , que constantemente desagradan a Dios y son, por definición, “hijos del Diablo”.


La creación de los tarahumaras y los chabochi

Cuando Dios hizo el mundo, hizo primero un hombre y una mujer. Los modeló con masa de maíz y barro. Después hizo una pareja de todos los animales buenos que ayudan a la gente: vacas, chivas, aves, venados, que en aquel tiempo sabían hablar y bailar con los humanos. Luego quiso Dios darles vida a esos muñecos que eran como sus juguetes. Sopló dentro de la boca de cada uno. Dicen que a las mujeres les sopló tres o cuatro veces mientras que a los hombres les sopló sólo tres. Estos soplidos de Dios son el origen de las almas, aliwala , que cada persona tarahumara y cada ser vivo tienen.

Así vivieron los tarahumaras: trabajando la tierra y bailando en las fiestas tomando tesgüino; porque así les dijo Dios que debían hacerlo para que él mandara lluvias y el maíz pudiera crecer y el mundo existir.

Un día, el Diablo, hermano mayor de Dios, sintió envidia por la creación que había hecho éste, por lo que también él hizo muñecos y trató en vano de darles vida. Fue con cal con lo que los hizo porque le quedaron muy blancos. También hizo víboras, alacranes, arañas, alimañas y serpientes de todo tipo. Sin embargo, a pesar de que con sus labios entornó las bocas de sus muñecos y sopló fuerte dentro de sus cuerpos con todas sus ansias, no cobraron vida alguna. Por eso le pidió ayuda a Dios.


Dios le ayudó porque a toda la gente ayuda, pero sólo quiso soplar dos veces a cada uno de los muñecos del Diablo y así les dio vida. De ahí vienen los “chabochi” (“mestizos” o “blancos”), cuyos hombres pareciera que traen arañas en la cara de tanta barba y de cuyas mujeres hay que desconfiar.

Por eso dicen que existen estas dos clases de gente: los ralamuli y los chaboame . Mientras que los rarámuri hacen las cosas de la vida como a Dios le gusta, los chabochi lo disgustan continuamente porque son ruidosos, con frecuencia alevosos. No toman el tesgüino, que hacen para las fiestas, con el respeto que Dios mandó: no lo beben para trabajar sino para embriagarse.

Los tarahumaras sí hacen las cosas como a Dios le gusta, por esa razón viven en la orilla del mundo: son como los pilares que lo sostienen porque el mundo es como una tortilla


b ) La lengua y la identidad étnica

Los tarahumaras hablan una lengua de la familia uto-náhuatl, como la gran mayoría de los grupos étnicos que habitan el noroeste mexicano. Y se han reconocido al menos cinco de sus variantes dialectales. Es decir, cinco formas particulares y regionales de hablar el mismo idioma, que es el “ralamuli”, todas comprensibles entre sí.

[ Variantes dialectales del ralamuli (tarahumara) y odami (tepehuano) ]
LENGUA
NUMERO DE VARIANTES
ÁREAS DIALECTALES
Tarahumara
o ralamuli
5
•  Oeste: Rocoroibo, Guazapares, Monterde y Basagota. •  Norte: Sisoguchi, Nararachi, Carichí, Ocorare, Pasigochi y Norogachi. •  Centro: Guachochi, tónachi y Aboreachi. •  Cumbre: Samachique. •  Sur: Turuachi y Chinatú
Tepehuano
u odami
3
•  Norte: Baborigame. •  Centro: Nabogame. •  Sur: El Venadito.
Fuente: Valiñas 1991 y Molinari 1995

A diferencia de otros “grupos étnicos” mexicanos, los tarahumaras no han perdido su idioma materno porque, quizá de manera deliberada, se preocupan por transmitirlo a las nuevas generaciones. El español es, sin embargo, la lengua dominante que se impone no sólo en la escuela oficial sino en las reuniones ejidales, las transacciones económicas y en general en todas las interacciones entre tarahumaras y mestizos (sociedad regional y nacional no indígena); el ralamuli se mantiene como una lengua doméstica, propia del interior de los hogares, las ceremonias religiosas y las reuniones dominicales donde se realizan los juicios.


De la lengua tepehuana

El jesuita Benito Rinaldini publicó en 1743 el Arte de la lengua tepeguana , un estudio exhaustivo del idioma odami de aquel tiempo. Rinaldini concentró en su libro cinco mil vocablos distintos. Hoy en día se han logrado registrar tan sólo 1,600 vocablos entre los tepehuanos de Durango, lo cual es una expresión de la paulatina pérdida del idioma por sus hablantes. (Campusano, Laura, Notas sobre la lengua Tepehuana, inédito, 1993).

Durante los últimos diez años, el gobierno del Estado de Chihuahua, a través de la Coordinación Estatal de la Tarahumara, ha tomado la iniciativa de crear una escritura y una gramática propias de los idiomas étnicos del Estado. El objetivo es crear libros de texto básico para los niños de las escuelas bilingües de la Sierra escritos en su propio idioma, y aunque éste manifieste ciertas diferencias regionales (alternancias), todos los hablantes podrían comprenderse por medio de la escritura. Después de un estudio fonológico en la región de Guadalupe y Calvo se concluyó que el idioma odami cuenta con seis vocales, además de algunos sonidos que no existen en el idioma español. El alfabeto odami aparece a continuación:

a b bh d ë i j k l m n ñ o p r rh s t u x y yh ï

(Molinari y Nolasco: 505, 1995)



c) Formas de gobierno indígena


Los pueblos mexicanos indígenas de Chihuahua tienen formas de organización social peculiares, cerradas y autogestivas que los vuelven grupos diferenciados de la población mexicana “mestiza”, la cual tiene como lengua materna el español y una vida cotidiana regulada por la leyes emanadas del Estado mexicano. Las formas de organización social y de gobierno étnico constituyen a los tarahumaras como comunidades de cultura tradicional, con un vínculo histórico y genético con sociedades precolombinas y con relativa autonomía respecto al Estado mexicano, que se expresa, por ejemplo, en el uso casi exclusivo del idioma ralamuli en los ámbitos de la justicia y la vida ritual.

La organización política de los pueblos tarahumaras con sus gobiernos no es centralizada porque no existe un centro político y religioso único ni funcionarios que concentren el gobierno de toda la etnia, tal como ocurrió entre algunas naciones indígenas mesoamericanas, o como ocurre entre los tepehuanos del norte, que concentran el poder político de las comunidades en Baborigame y Nabogame (en el municipio de Guadalupe y Calvo). Según las crónicas de los misioneros del siglo XVII esta tendencia a la desagregación política de la nación de los taraumaros era así desde tiempos prehispánicos.

Las “autoridades tradicionales” se establecen por pueblos, autónomos unos de otros. Existen al menos 66 pueblos con “gobierno tradicional” constituido en 16 municipios de la región serrana de Chihuahua, según los reportes del INI.

En el municipio de Guachochi existen al menos 26 pueblos de cabecera con gobierno indígena constituido (INI, 2000) y un total de 1,119 localidades (INEGI, 2000). La mayoría de estas localidades (964) son rancherías cada una de las cuales concentra entre 1 y 49 habitantes, es decir no más de cinco familias. (Además de alrededor de 213 localidades con una o dos viviendas). En promedio, cada pueblo de cabecera concentra en torno a su centro político unas 40 rancherías de entre tres y diez viviendas. El radio promedio de un pueblo y sus rancherías puede ser de 40 kilómetros cuadrados. El centro de reunión dominical es el atrio de la iglesia. Los habitantes de las rancherías y de los ranchos, a veces toda la familia, a veces solo el padre y algunos hijos, se trasladan a pie, en mula o caballo o “de raite” en la caja de alguna “troca” hasta el pueblo. Este día tienen lugar las sesiones de justicia.

Junto a la pequeña cárcel que generalmente se encuentra cerca del templo católico, se sientan de un lado hombres, de otro, mujeres, frente a los oficiales del gobierno encabezados por el gobernador y el segundo gobernador. Alguien presenta una querella y se sientan al frente al acusado y al quejoso. A partir de preguntas y consejos de los judiciales y de relatos de los involucrados y los testigos se analiza el caso y se da un veredicto. Generalmente aquel que resulte responsable de un daño al quejoso debe resarcir al quejoso dándole un bien determinado por los jueces. Cualquiera puede dar su testimonio o su opinión para aportar al veredicto.

d) ¿Qué es un pueblo tarahumara?


La forma de organización por “pueblos” que hoy conocemos, tiene su origen en los “pueblos de misión”, forma que establecieron los misioneros del siglo XVII y XVIII para sedentarizar, evangelizar y por ende controlar a la población nativa. Dentro de la división política jesuita colonial se clasificó a los asentamientos de indígenas en partidos , unidades conformadas por una cabecera o poblado principal y visitas o estaciones , pueblos que los misioneros visitaban con variable periodicidad.

La influencia de la misión católica de la colonia española es determinante en el tipo de conformación de las autoridades indígenas mexicanas contemporáneas. La misión legitimó a los “gobernadores indios” en tanto éstos servían o apoyaban a la institución evangelizadora y desprestigió a aquellos líderes no convertidos al cristianismo que no eran útiles a sus intereses. Aunque los religiosos intentaron a finales del siglo XVIII establecer un gobierno único para la Tarahumara, esto no fue posible. La tendencia a la desagregación ha sido dominante. Sin embargo, todos los pueblos tarahumaras mantienen el mismo sistema de organización política, con oficiales que cumplen análogas funciones. Lo que hace posible relaciones equivalentes, es decir, sin jerarquía superior, entre funcionarios de gobierno y población en general.

Hoy en día, un pueblo tarahumara está constituido por un centro (o poblado mayor) y diversas rancherías aglutinadas en torno a éste. En la cabecera se asienta el templo católico (en las misiones de la cumbre, de construcción colonial [siglos XVIII y XIX] y en las del barranco decimonónicas y algunas del siglo XX), además de las instituciones del Estado mexicano posrevolucionario (siglo XX), como la escuela albergue, la clínicas comunitaria, el aserradero, el comercio y los poderes ejidales. La cabecera funciona como centro político y religioso que rige un número determinado de rancherías dispersas en un radio variable. La gente define la pertenencia a un pueblo de acuerdo a la iglesia donde baila en las fiestas. También se ha reportado el establecimiento de nuevos y más pequeños pueblos, que empiezan por el levantamiento del templo católico y representan escisiones de pueblos, donde habitan también los “mestizos” y hay conflicto de intereses.

e) Autoridades Tradicionales


La función principal de las “autoridades tradicionales” es regular las relaciones entre los pobladores, dar consejos, establecer justicia y mantener el orden social. Hay dos tipos de autoridades, las civiles y las rituales. Las civiles se encargan del orden cotidiano por medio de diversos oficiales y por un sistema de justicia que establece juicios públicos y una distribución equitativa de la riqueza; otra de sus funciones más importantes es mantener la relación e intermediación con las autoridades estatales y nacionales; también son responsables de realizar los juicios dominicales. Por su parte, las autoridades rituales sólo operan en el contexto de las ceremonias religiosas y en el tiempo-ritual. Es costumbre que en cada fiesta estas autoridades pronuncien un discurso público, llamado nawesale, dirigido a mantener el orden moral de la sociedad. Por medio de consejos, el siriame orienta a los pobladores sobre el comportamiento que deben seguir en la vida, hacer las cosas como a Dios le gusta, pensar bien, hacer bien, no pelear cuando han bebido tesgüino. Otra función de los oficiales del gobierno es organizar y dirigir las fiestas religiosas más importantes, como Semana Santa y el 12 de diciembre, día de la virgen de Guadalupe. Estas fiestas son parte del calendario agrícola y, por tanto, de significación no sólo religiosa sino económica

El gobierno tarahumara se compone de un siriame o gobernador mayor, tres gobernadores menores (segundo gobernador o tala walula , tercer gobernador y juez o chapeyoko , cuarto gobernador y general o jinerali ); un capitán mayor, igapitani jinerali ; un capitán segundo, igapitani , y seis capitanes chiquitos ta igapitani ; un grupo de policías, alowasi ; otro de soldados o fiscales, sontarsi ; un mayor, mayoli, y sus ayudantes, ta mayoli . El gobernador mayor y los tres menores portan bastones de mando en las ceremonias y juicios dominicales; salvo excepciones son siempre varones cuyas facultades radican en ser buenos oradores, de buena conducta, sensatos, responsables, trabajadores y que hayan llevado una vida acorde con la tradición (por ejemplo haber bailado al menos cuatro años para las fiestas y haber ejercido otros puestos de gobierno). Son elegidos por la población por medio de consultas y consensos que culminan en un ritual de “votación” colectiva y otorgamiento de los bastones de mando, más o menos cada tres años. El ciclo de un gobernador puede extenderse por tiempo indefinido si la gente se siente satisfecha con su actuación, lo que es frecuente. El resto de los funcionarios del gobierno pueden ser propuestos por el gobernador o los cabecillas (gobernadores menores o capitán mayor), y confirmados en su puesto por medio de una consulta general que tiende a la aprobación por consenso.

Los gobernadores ya no son elegidos entre los hombres más viejos, como ocurría hasta principios del siglo XX, sino entre los de mediana edad (más jóvenes). Posiblemente esto es resultado de la necesidad que tienen las autoridades “tradicionales” de relacionarse con autoridades y población mestizas, es decir, “nacionales”, para poder gestionar recursos, establecer acuerdos, participar de los programas estatales y defenderse de la avidez de otros.

El gobierno indígena estuvo originalmente sustentado en el control de un territorio determinado y sus recursos, así como en el control jurídico de la población de dicho territorio. Sus leyes se consideran por la legislación mexicana como “derecho consuetudinario”.

f) Autoridades ejidales


Paralela a este gobierno tradicional indígena, de origen colonial, están la organización y las autoridades ejidales, formalmente desde la década de 1930, que tienen mayor fuerza y presencia en los ejidos forestales, que explotan su bosque en tanto “empresa ejidal”. La Tarahumara es una región donde la principal actividad económica ha sido, desde finales del siglo XIX, la explotación forestal. Los predios forestales son en su mayoría ejidos, y el resto, propiedad privada.

Los ejidos son una forma de delimitación territorial y de propiedad de la tierra (vigente hasta la reforma al artículo 27 de la Constitución Política de México), derivada de las políticas posrevolucinarias del Estado mexicano de principios del siglo XX. En la Sierra Tarahumara se comienza a “dotar” de “tierras ejidales” a la población (mayoritariamente indígena) alrededor de 1930, si bien las solicitudes datan de 1922. Los ejidos debían ser, por decreto, una forma de propiedad colectiva del suelo de carácter productivo.

En la Tarahumara, la mayoría de los ejidos fueron y son forestales. La dotación de tierras ejidales fue planificada y programada por el Estado mexicano, fuera del ámbito social indígena, seguramente con la idea de llevar a cabo la explotación de los bosques.

Mientras que los oficiales tradicionales están dedicados a la impartición de justicia y al mantenimiento del orden social y religioso de las comunidades, las autoridades ejidales se concentran en la administración de la empresa ejidal y sus intereses son básicamente económicos y productivos. Estos puestos tienden a ser acaparados por las familias mestizas locales que han generado cacicazgos. En la mayoría de los ejidos ubicados en los únicos dos “municipios indígenas” de Chihuahua: Guachochi y Guadalupe y Calvo, el 80% o más de los ejidatarios son indígenas, al tiempo que sus autoridades ejidales no lo son.

En el ejido la máxima autoridad es la Asamblea General de Ejidatarios. Sin embargo, el manejo administrativo es responsabilidad del Comisariado Ejidal, constituido por un presidente, un secretario y un tesorero, con sus respectivos suplentes. El Consejo de Vigilancia, constituido de igual manera, es generalmente auxiliar del comisariado ejidal. Participa en la toma de decisiones y es, además, responsable de vigilar que se lleve a cabo una buena administración de los recursos del ejido.

Entre las facultades del presidente del Comisariado Ejidal está el designar a las personas que ocupan los principales puestos administrativos de la empresa forestal, como encargado de aserraderos, jefe de personal, encargado de caminos, secretario de previsión social, etc. Estos puestos los ocupan, generalmente, los mismos integrantes del Comisariado Ejidal. Por su parte, el presidente del Consejo de Vigilancia designa a los monteros y algunos otros puestos relacionados con los trabajos de campo.

Uno de los principales problemas que afrontan los ejidos en la Tarahumara es la grave deficiencia en su organización administrativa, combinada con una fuerte corrupción de las autoridades ejidales. A esto se suma la separación casi total entre “autoridades tradicionales”, (indígenas) y autoridades ejidales (generalmente no indígenas).

Las elecciones, cada tres años, para nombrar autoridades ejidales, generan mucha participación por parte de los ejidatarios en los ejidos forestales grandes, llegándose a registrar —en ocasiones— varias planillas. En el periodo de elecciones se hace más evidente la pugna entre grupos, presentándose fuertes polémicas en las asambleas y llegando al extremo de que algunas autoridades no han concluido su periodo correspondiente por serias dificultades para lograr consensos. Ello ocurre por el fuerte interés de acceder a estas posiciones (dinero y poder) y los mecanismos tan laxos para obligar a las autoridades a una estricta rendición de cuentas. En efecto, entre la Asamblea Ejidal y el Comisario Ejidal y Consejo de Vigilancia no hay estructuras institucionales intermedias y de contrapeso que permitan un mecanismo de control eficiente de la vida ejidal y de los beneficios de la empresa.

La delimitación territorial y el tamaño de los predios ejidales fueron generalmente decididos por instancias externas a los pueblos indígenas (como la Secretaría de la Reforma Agraria), privilegiando con sus criterios el usufructo del bosque más que la dinámica social de las poblaciones “beneficiadas” con la “dotación”.

Esta nueva delimitación territorial no consideró las relaciones sociales entre los distintos pueblos colindantes. En algunos casos dividió pueblos, unificó otros y propició divisiones entre pobladores. Un caso concreto es el de los ejidos de Samachique y Kírare, en el municipio de Guachochi. Hasta hace pocos años era costumbre de muchas familias de Samachique pasar los meses de invierno en las cuevas cálidas que, a raíz de la ejidalización, quedaron ubicadas dentro de los límites del ejido de Kírare, además de que en las tierras bajas de este pueblo recolectaban plantas locales que formaban parte de su dieta. Por su parte, los habitantes de Kírare obtenían de las tierras altas de Samachique los pinos necesarios para construir sus casas y cercas. Nunca hubo problemas por este intercambio hasta que los administradores del aserradero y la empresa ejidal de Samachique comenzaron a prohibirles cortar pinos, a lo que los habitantes de Kírare respondieron prohibiendo que la gente de Samachique bajara en invierno a las cuevas y colectara en verano las hierbas y frutas. Las relaciones se tensaron y el movimiento de la población se ha ido restringiendo a los límites de las fronteras ejidales.

1. La familia

La base de la organización social de los rarámuri no es el individuo sino la familia nuclear, compuesta por el padre, la madre y los hijos. Integrantes a su vez, de una red más amplia que es la familia extensa, asentada en una misma ranchería y, finalmente el pueblo, que es el conjunto de varias rancherías adscritas a un mismo centro político.

Adultos y niños trabajan en las labores domésticas campesinas. Si bien hombre y mujer hacen juntos todas las labores cotidianas, existe una división genérica del trabajo.

El hombre es responsable del arado y cultivo de la tierra y de proveer al hogar, ya sea de leña, de enseres o dinero. Se emplea temporalmente como asalariado o se ve obligado (a partir de 1988) a cultivar plantas ilícitas para complementar la economía doméstica; él es responsable del vínculo de la familia con la sociedad mestiza (o nacional) por lo que su dominio del español es sensiblemente más elevado que el de las mujeres. La mujer cuida a los hijos pequeños (los hombres también lo hacen), elabora los alimentos, confecciona y arregla la ropa, cuida los cultivos de hortaliza y los hatos de ganado menor. El espacio de su labor es la casa, el ámbito doméstico. Los hijos son amamantados y llevados por sus madres en brazos o en su chiniki (manto que hace la función de un rebozo) durante sus primeros dos a tres años de vida. Luego, apenas pueden caminar y adquieren la fuerza y la coordinación para sostener objetos, los hijos comienzan a apoyar el trabajo del hogar. Los jóvenes y las mujeres de las familias que aún conservan cabras (economía doméstica de cultivadores de maíz) son pastores y pasan horas enteras caminando por las veredas y caminitos chiveros de la serranía.

El matrimonio es un evento que ocurre casi invariablemente en la vida de todos los indígenas que sobreviven hasta la pubertad. La unión entre hombre y mujer se presenta desde los 13 años. Cada mujer tiene a lo largo de su vida fértil alrededor de diez partos. Normalmente le viven cinco hijos y mueren en promedio la mitad antes de los cinco años, generalmente por diarrea y deshidratación u otras enfermedades derivadas de la desnutrición.

Los hijos representan un recurso de gran valor para la reproducción económica familiar. No procrearlos es una causa suficientemente justificada de disolución del vínculo matrimonial y la constitución seguida de otra familia nuclear. Otra causal frecuente de divorcio es la falta de cooperación en el trabajo de alguno de los cónyuges. No se considera la “virginidad” de la mujer como un valor a tomar en cuenta para el matrimonio, ni tampoco la “fidelidad”. En cambio, un hombre puede separarse de una mujer si ésta habla en tono muy alto o grita.

2. La comunidad

La familia nuclear se inserta en otra forma más compleja de organización comunitaria que es “la tesgüinada”, o faena de trabajo comunitario (FTC), en la que intervienen la familia extensa y la comunidad. Consiste esta peculiar institución en un intercambio de fuerza de trabajo por una cerveza (“tesgüino”) que las mujeres elaboran con granos de maíz germinado, molido y fermentado. Una bebida atribuida a la creación original de Dios y su familia,.asociada con las ceremonias religiosas, el trabajo agrícola y la fiesta.

Una dimensión de la organización social rarámuri es la “invitación a tomar”, que genera interacción de miembros de distintas familias y amistades durante todo el ciclo agrícola y las ceremonias ligadas a éste, en los trabajos para la construcción de viviendas y cercas, en la celebración del santo de las personas, en las sesiones de curación realizadas por los médicos llamados owiluame, etc . El cotidiano aislamiento se compensa y contrasta con la convivencia intensa en estos espacios comunitarios. Las invitaciones a tomar van constituyendo redes de interacción social, llamadas por el antropólogo Kennedy, redes del tesgüino, que no se circunscriben exactamente a las fronteras del pueblo. Estas redes se mueven a partir de los ranchos en diversas direcciones, algunas veces transpueblerinas.

Las personas que realizan una tesgüinada deben avisar al comisario de policía de cuándo y dónde ocurrirá el intercambio. De no hacerlo pueden verse en problemas si durante la reunión para beber hay un pleito de consecuencias judiciales. De tal forma, las autoridades tienen un control de las tegüinadas, más no tienen una influencia directa en estas jornadas de trabajo y fiesta, ya que pueden o no ser invitados (aunque el hecho de ser una autoridad del gobierno confiere privilegios en las invitaciones a tomar).

Todas las tareas domésticas que exceden la capacidad de la familia nuclear –deshierbe, boleo, pizca del terreno agrícola, o bien la construcción de una casa o una cerca– son resueltas mediante una FTC. Los caseros invitan a un grupo de familiares y amigos. Los invitados colaboran con el anfitrión trabajando para él y su familia, al tiempo que van consumiendo el fermento de maíz que los tarahumaras llaman sowi o batari y los tepehuanos, nabaichi . Los hombres realizan ciertas tareas y las mujeres otras. Generalmente, las FTC culminan en ambiente festivo.

La reciprocidad es un valor fundamental y necesario dentro de la organización social indígena. El sistema de reciprocidad se define en el idioma tarahumara con la palabra kolima , que significa regalo. Todo aquel que recibe un bien de alguien (un kórima), está obligado moralmente a devolver el regalo con otro equivalente, si no en ese mismo momento, después, cuando se encuentre en posibilidades de dar. De esta manera quien da ayuda tiene asegurado recibir ayuda.

Esto se aplica tanto a bienes u objetos (granos, arado, cobijas) como a instituciones: la tesgüinada, por ejemplo, a la que podemos caracterizar como el contexto mayor del dar y recibir.

3. Las fiestas

El nivel mayor de organización (aparte del gobierno) es la fiesta de carácter religioso y generalmente vinculada con las tareas agrícolas de la economía doméstica comunitaria. Hay distintos tipos de fiesta, pero podemos distinguir dos grandes tipos a nivel de su organización: las domésticas y las del pueblo.

Las fiestas domésticas son aquellas que tienen por escenario el patio de alguna vivienda y donde la asistencia de participantes está limitada a un número preciso de rancherías (generalmente familiares). Las del pueblo se llevan a cabo en el patio y en el interior del templo católico, y generalmente asiste todo el pueblo. Se trata de las fiestas más importantes que marcan el principio (Semana Santa) y el final (12 de diciembre) del ciclo agrícola.

El ciclo festivo tarahumara es anual, como es su ciclo de cultivo de maíz. Tiene sin embargo, dos grandes estaciones o periodos: Fariseos y Matachines.

El periodo de los Fariseos comienza cualquier día después del 6 de enero (fiesta de Reyes).

“Más que con una fecha, el ciclo fariseo comienza con un sonido... siempre habrá un momento en que se escuche un tambor... anunciar es la primera de las virtudes del tambor; su destinación final, la Semana Santa.” (Bonfiglioli 1995: 83)

Si se quiere una fecha específica, podemos decir que el tiempo de “bailar fariseo” comienza el día 2 de febrero (Candelaria), cuando en cada uno de los templos católicos de la Tarahumara se realiza una ceremonia de cambio de bastones: las autoridades civiles de cada pueblo entregan el símbolo de su mando (los bastones) a las autoridades rituales, quienes son responsables de la buena organización y conducción del ritual en la Semana Mayor. Este periodo termina una vez culminada la fiesta de Semana Santa ( Noliruachi ), cuando se realiza el intercambio de bastones y el orden cotidiano se reestablece. Tanto en la fiesta de Noliruachi como en las más pequeñas realizadas en los patios domésticos, los hombres que son danzantes (cualquiera puede serlo y todos tienen el deber ético de serlo) bailan divididos en dos grupos: unos son fariseos (los transgresores) asociados al mal, otros son los soldados o moros (los que acatan la regla) asociados al bien. De hecho, la Semana Santa tarahumara es la representación ritual de una lucha o conflicto original, en el cual resulta vencedor “el bien”: los soldados que cuidan a “Sucristo” y a su esposa la virgen María. Esta fiesta, tan importante para los indígenas de Chihuahua, marca el inicio de la siembra de maíz.

El periodo de los Matachines corresponde al momento opuesto al periodo fariseo: la cosecha de maíz. Se inicia con el levantamiento de los primeros frutos (entre agosto y septiembre) y culmina el 6 de enero. La ceremonia principal tiene lugar en el atrio del templo el día de la Virgen de Guadalupe (12 de diciembre). También hay dos grupos de danzantes (sayos) pero esta vez no están en oposición ritual como morós y fariseos, sino que todos son matachines.

Además de estas “danzas de conquista”, como las han llamado ciertos antropólogos (por derivarse de la influencia de la misión católica entre los siglos XVI y XVIII), prevalecen hasta nuestros días dos formas dancísticas que presumiblemente tienen un orígen precolombino: el yumali y el tutuguli . Se realizan siempre en los patios domésticos awilachi . Un círculo trazado sobre la tierra donde mujeres y hombres bailan dirigidos por un sonajero que marca el ritmo.

Del gobierno odami


El gobierno odami o tepehuano está compuesto por un capitán general (kaigi), varios gobernadores (moiyi), seis suplentes (sonurakakami kaigi), capitanes (katañi), sargentos (sonurakakañi katañi), cabos (sonurakakañi katañi), los oficiales encargados de la justicia (surikami), fiscales (fiskari) y fiesteros (madura). El 6 de enero es el día en que se llevan a cabo las elecciones para capitán general y el resto de los oficiales. Los cargos se ejercen por un año, pero es posible reelegir a cualquiera en su cargo si su desempeño agrada y conviene a la gente del pueblo. Sólo los hombres participan en la votación. Puede ocupar el cargo de capitán general quien tenga experiencia en los asuntos políticos y religiosos y haya ocupado otros cargos menores. Debe tener autoridad moral y elocuencia al hablar, y no necesariamente ser viejo. El capitán general debe supervisar las actividades de los gobernadores y la organización de las fiestas más importantes. Los gobernadores trabajan junto con el capitán general administrando justicia; representan al capitán general en otros lugares. Los suplentes tienen por función investigar las quejas dentro de la jurisdicción de cada gobernador. Los capitanes también trabajan en la solución de conflictos y pleitos entre los pobladores. Cada capitán puede seleccionar doce hombres que lo asistan en su trabajo. Estos hombres desempeñan sus funciones en áreas de territorio más reducidas: son los sargentos, cabos y justicias. Un cabo tiene jurisdicción sobre un grupo de rancherías, un sargento sobre un grupo de ranchos y los justicias atienden a un conjunto de familias que habitan en el mismo rancho. La impartición de justicia es una de las funciones principales de los miembros de este gobierno; sin embargo, sólo pueden atender lo que se considera “delitos menores”, como pleitos, robos o separación de alguna pareja. Cuando el delito es mayor los involucrados son canalizados por medio de las autoridades seccionales a la procuración de justicia estatal. Los fiscales son responsables de la limpieza del templo: la iglesia y las capillas. Los fiesteros, por último, son encargados de arreglar los altares y ver por la organización de la fiesta. Todos los oficiales usan como símbolo de su autoridad un bastón de mando (upasai), hecho de palo de Brasil.

Presencia de otras religiones


Existe una gran diversidad de iglesias protestantes y de nuevas propuestas religiosas que se asientan en la región Tarahumara a partir de la década de 1920: En Bocoyna (1923), en el municipio del mismo nombre, se instala un pastor mexicano de religión metodista que comenzó a predicar su credo entre los tarahumaras del poblado, no lejos de la estación Creel. Más tarde, en 1926, este hombre se separó de la iglesia metodista y fundó en la ciudad de Chihuahua una nueva iglesia denominada Misión Evangelística Mexicana (MEM), que desde su creación ha destinado recursos para la obra misional en la Tarahumara, en muchos casos con el apoyo de la Evangelical Methodist Church de los Estados Unidos. Entre 1936 y 1940, se establecieron en la Tarahumara los primeros lingüistas-misioneros (protestantes), miembros del Instituto Lingüístico de Verano (ILV), recién creado entonces por Cameron Townsend y adoptado por el presidente Lázaro Cárdenas. Su centro estuvo durante varias décadas en el pueblo de Samachique (municipio de Guachochi).

En Choguita de Norogachi (1978), en el municipio de Guachochi, un misionero proveniente de Monterrey, Nuevo León, se estableció durante una década en el poblado de Choguita, cerca de Norogachi. Continuó después su trabajo desde la ciudad de Chihuahua coordinando la estadía de misioneros protestantes en diversos puntos de la Sierra Tarahumara. Su objetivo principal ha sido fomentar la creación de la “iglesia indígena”, independientemente de cualquier denominación y jerarquía religiosa.

Después de la década de 1970 ha llegado una cantidad considerable (aunque se desconoce su número exacto) de misioneros protestantes, tanto mexicanos como extranjeros, a esta accidentada región del suroeste de Chihuahua. Hoy en día hay al menos diez pastores indígenas que dirigen congregaciones independientes y celebran culto en su lengua materna.

En esta región indígena, igual que en el centro y sur de México, predominan en un alto porcentaje las iglesias pentecostales. En segundo término vienen las iglesias bautistas (de la convención del sur), con una larga tradición de evangelización en el norte de México y un carácter mucho más conservador que las pentecostales, y por último la Misión Evangelística Mexicana (escisión de una iglesia metodista).

El éxito del pentecostalismo se debe seguramente a la esencia moldeable, podríamos decir mutante, del rito, característica que lo hace un movimiento religioso que se adapta con facilidad a los diversos contextos y culturas en todo el mundo. A diferencia de otras iglesias cristianas de postura más rígida, conservadora e intolerante, que pretenden imponer desde un principio pautas de conducta restrictiva a los conversos, el pentecostalismo retoma ciertos rasgos culturales de la comunidad donde realiza su proselitismo y los incorpora al ritual religioso. Otro factor de suma importancia en la aceptación del pentecostalismo es el manejo que hace de la curación de los enfermos por medio de la fe y a través del don de la sanación, así como el liderazgo carismático de los pastores.

El pentecostalismo crece y se desarrolla preferentemente en sectores marginales de la población y no en aquellos con mayores recursos económicos.

Características de las comunidades y de la población indígena protestante

El conjunto de comunidades elegidas por las misiones protestantes para realizar su proselitismo tiene ciertas características similares: se ubican en regiones boscosas (su extensión en los barrancos es muy reciente) donde la actividad económica primordial es la explotación forestal, el comercio o el turismo. A todas esas localidades es posible llegar por medio de carretera o tren y algunas cuentan con pistas de aterrizaje para avioneta. Es decir, ninguna está aislada, sino que se encuentran en sitios accesibles y comunicados: se trata de comunidades integradas en diferentes grados a la economía regional.

La población indígena que simpatiza con las religiones de origen protestante proviene de familias sedentarias (lo cual contrasta con la tradicional movilidad estacional cumbre-barranco de los tarahumaras). Dentro de estas familias, uno o más miembros perciben un salario fijo en la industria forestal o en las escuelas del Estado, pero todos continúan siendo agricultores. Muchos de ellos vivieron un tiempo en contextos urbanos o son migrantes temporales por razones económicas. Tienen mayor conocimiento del español. En la mayoría de los casos, una crisis o un periodo de tensión emocional precedió a la conversión. Esta crisis puede ser de identidad, en las relaciones familiares, o una enfermedad grave, por ejemplo.

La mayoría de los asistentes a los cultos son jóvenes. Han tenido relación con las ideas protestantes desde pequeños. Han cursado la enseñanza primaria, saben leer y escribir, por lo que tienen un acceso más seguro al mundo conceptual del protestantismo –el cual, por definición está siempre escrito. Se trata de personas con nuevas perspectivas ante la vida –distintas a la tradición–, para quienes la conversión al protestantismo es una experiencia existencial asumida como renacimiento, que opera en ellos como un medio psicológico eficaz de reinvención de su pasado, de su identidad, de su estatus y función social, mediante lo cual se convierten en “elegidos”.

Sin duda, la aceptación de nuevas religiones por parte de la población indígena de la Sierra Tarahumara implica, de antemano, cambios importantes en su estilo de vida y en sus actividades económicas, que no sólo se restringen a las agrícolas tradicionales. La conversión a alguna variante del protestantismo es una estrategia de adaptación a estas nuevas formas de vida, por medio de la cual los conversos tarahumaras regionalizan y se apropian de una religión distinta (dominante) e inducida. Es como un ajuste cosmológico para poder aprehender y sobrevivir en el “nuevo mundo” (Molinari, 1995: 167-169 y 1998: 203)