El desarrollo de un estado prehispánico altamente centralizado en la zona étnica nuclear (del que los purhepechas contemporáneos serían sus herederos), que abarcaba el actual estado de Michoacán y parte de Guerrero, Jalisco y Colima, es indicativo del origen de las regiones tradicionales existentes; resultado éstas últimas de la fragmentación territorial introducida por el poder colonial y las actividades productivas que implementó en sus espacios.

Más de un autor ha comparado la centralización interregional del reino purhepecha en los siglos XII a XV con la economía política del Estado incaico. Si bien es innegable el comercio con el sur del continente, la coincidencia se basa más bien en la habilidad político-militar del irechequa (purhepecha) para vincular desde el punto de vista económico, étnico y administrativo las regiones ecológicas de la Tierra Caliente, la Montaña, las cuencas lacustres (no sólo Pátzcuaro o Zacapu, sino también Zirahuén, Cuitzeo, Yuriria y Chapala), colonizar la cañada del río Duero e inclusive  las costas de Colima, Michoacán y parte de Guerrero.

Con este proceso de centralización política, el núcleo purhepecha consiguió acceder, por medio del tributo, a gran cantidad de recursos: sementeras de maíz y otros cultivos, leña y madera, metales y obsidiana, fauna y flora, artesanías y artículos textiles, objetos suntuarios y recursos estratégicos como la sal, entre otros. Todo como parte de una entidad étnica que asimiló a otros grupos (tecos y pirindas en Undameo y Tancítaro), mientras que a otros (matlatzincas, mazahuas, otomíes, pames y nahuas) los segregaría a sus fronteras étnico-políticas como intermediarios ante otros pueblos, algunos de ellos en estado de guerra. La zona étnica nuclear asiento del estamento aristocrático dominante se mantendría lingüísticamente pura hasta 1750, año a partir del cual sufriría su españolización, disgregación regional y declinación política como aristocracia indígena.

Los intereses colonizadores introdujeron su propia visión del espacio regional en íntima conexión con sus empresas. Tras una breve y dolorosa fase de encomienda, que siguió a la conquista, se mantuvo la estructuración espacial prehispánica mediante una suerte de compartición del tributo indígena con la nobleza purhepecha.

Tan radical resultó a la postre este cambio que el patrón de asentamiento semidisperso precolonial sólo urbanizado en las capitales, asiento de los linajes dominantes establecidos en las zonas lacustres de Tzintzuntzan, Ihuatzio y Zacapu, patrón adaptado casi siempre a la vida montañosa del pueblo trabajador, purhepecha o tributario
  devino en pueblos de indios congregados en caseríos españolizados, urbanos para esa época, de poblamiento compacto, ya campesinizado para responder a la agricultura de las planicies aluviales, y sede de las nuevas instituciones religiosas y cívicas, incluidas las repúblicas y comunidades de indios.


Es una aleccionadora ironía que esta revolución agrícola y urbana del espacio regional, acaecida durante la segunda mitad del siglo XVI e inicios del XVII, que vino a quebrar la adaptabilidad prehispánica conseguida por el Estado primitivo, haya sido, como lo es hoy, la base de la reestructuración étnica regional.



La colonización tuvo efectos diversos en las regiones, lo que explica su historia peculiar y las consecuencias que acarreó en los pueblos de indios de cada subregión. La Meseta Purhepecha resintió una limitada colonización española en sus pueblos cabeceras, donde en efecto creció la población amestizada. Sin embargo, aun entrado el siglo XIX, la gran propiedad agraria no se había expandido sobre las tierras comunales y de los indios nobles y principales. La escasez y pobreza de tierra adecuada para el cultivo y la ganadería intensivos, lo mismo que el clima frío, no estimularon las empresas coloniales en la sierra. No ocurrió así en Pátzcuaro, Zacapu y Cocupao, en donde las haciendas se expandieron sobre las tierras purhepechas. Los historiadores han documentado en detalle este proceso colonial que es la causa ulterior de que el agrarismo radical tuviera allí una fuerte inserción regional entre 1920 y 1945. A todo lo largo del siglo XIX  abundan las protestas de comuneros indígenas, a fin de resistir las reiterados embates de los gobiernos liberales para privatizar las tierras comunales. Pero ya desde entonces se observa que la resistencia se combina con el acomodo y la negociación, como una forma alterna de retener el control de las excomunidades de indios sobre sus tierras.


Entre los purhepechas, la actual comunalización de la tierra mantiene una conexión histórica con el éxito de la implantación de las comunidades de indios en todo el territorio de la zona étnica nuclear. Trátese de cajas, sementeras, estancias, hospitales o de las jerarquías cívico-religiosas de las repúblicas y cofradías (más tarde mayordomías, mejor conocidas como cargos), las instituciones de la estructuración comunitaria colonial tuvieron un especial aprecio entre los purhepechas, que las hicieron parte de su identidad en esa época.



Hacia finales del siglo XIX  y comienzos del XX, la modernización capitalista se expandió a la región serrana con otra fisonomía: el ferrocarril de Morelia a Pátzcuaro y el de Pátzcuaro a Uruapan y Los Reyes. Las haciendas azucareras de Los Reyes y Taretan fueron la fuerza económica indirecta que vino a alterar la existencia de los pueblos de la Sierra. A su vez, la fabricación de durmientes fue el primer estímulo para una industria forestal en manos de diversas compañías y aserraderos, que se asentaron en la Meseta controlando el recurso forestal a través de arrendamientos, compras de montes de las excomunidades y, no pocas veces, por medios compulsivos. Empero, sólo se tiene noticia de que el pueblo de Cherán ofreció resistencia activa a la Compañía Industrial Michoacana, la que respondió con asesinatos y persecución de indígenas, dando como resultado un levantamiento armado encabezado por Casimiro López Leco, en 1913.

Por lo que se refiere a las otras regiones, el capitalismo salvaje de la época estimuló la expansión productiva de las haciendas, al grado de desecar las ciénagas de Zacapu y de Chapala para ampliar la frontera agrícola capitalista. En otras zonas creció asimismo el cultivo de riego, todo lo cual ha contribuido a que hasta la fecha Michoacán sea un estado decididamente agrícola, enclavado por cultivos industriales y de exportación, pero que se han estructurado en ciudades agrícolas con regiones fragmentadas bajo su influencia.



Debido a las agrias disputas por la tierra con las “legalmente extintas” comunidades indígenas, las  haciendas recurrieron a la contratación de trabajadores mestizos que, con el tiempo, se establecieron en las mismas comunidades o en nuevos pueblos, rancherías y cabeceras municipales; lo que significó un fuerte cambio en los porcentajes de composición interétnica en la región. La mayoría de los pueblos de los valles y de las áreas irrigadas y aquéllos donde están los gobiernos municipales han perdido la lengua purhepecha, salvo algunos que por su lejanía o resistencia lograron mantener su condición de identidad étnica corporativa. Entre tanto, el proceso de incorporación de la población mestiza en las áreas serranas y boscosas de la Meseta Purhepecha y en el área occidental del lago de Pátzcuaro fue mucho más lenta, lo que resultó en la supervivencia de comunidades legalmente despersonalizadas, pero realmente existentes.


Semejantes cambios sentaron las bases para la transformación posterior. Luego de varios intentos revolucionarios por llevar a cabo una reforma agraria en Michoacán, los comunistas ganaron influencia entre los trabajadores mestizos e indígenas de Zacapu y Pátzcuaro, quienes se sumaron al movimiento campesino de la Liga de Comunidades y Sindicatos Agraristas del Estado de Michoacán. Poco a poco, desde 1915, se dieron ejidos a los nuevos poblados mestizos y se restituyeron tierras a las excomunidades de indígenas.

En el período 1915-1940 se establecieron ejidos en las antiguas comunidades de indios que habían sufrido pérdidas a manos de haciendas. Al inicio hubo reticencia por parte de las autoridades para reconstituir la propiedad comunal, por considerarla anacrónica; mas ésta fue ampliándose. Todavía en el Primer Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en Pátzcuaro en 1940, el entonces Departamento Agrario insistía en no dar un tratamiento diferencial a los indígenas en materia agraria, suponiendo que el ejido era la institución idónea para todos los campesinos. Sólo en ciertos casos se admitía el uso comunal para las tribus indígenas, los purhepechas entre ellas. Se referían a que en 1931, siendo gobernador del estado el Gral. Lázaro Cárdenas, se emitió un decreto que hizo nulos los abusivos contratos forestales y se restituyó los bosques a las excomunidades, que debían disfrutarlos en común. Esto vigorizó al sector comunal de la reforma agraria, el cual fue creciendo al lado del sector ejidal, hasta sobrepasarlo en magnitud, si no en número. De paso, identificó a la comunidad agraria con los campesinos indígenas y al ejido con los campesinos mestizos, siendo raras las localidades donde coexisten ambos, a causa de una reforma agraria temprana no discriminatoria.

Con todo, sería una exageración decir que el fenómeno cardenista es reductible a una especie de caciquismo mayor. El Tata Cárdenas, a diferencia de Ernesto Prado y sus hermanos los caciques de la Cañada, no estaba indispuesto con la modernización en todos los órdenes de la sociedad michoacana. Primero como gobernador, luego como presidente del país y por último como vocal ejecutivo de la Comisión del Tepalcatepec, Cárdenas puso su mejor esfuerzo en  incorporar a la “tribu purépecha”  (como la llamaba Carlos Basauri todavía en 1933)  a la nacionalidad mexicana, en calidad de ciudadanos con los mismos derechos que el resto de la población. La modernización de la carretera, con todas esas extrañas circunvoluciones comunicativas, unificó pueblos indígenas y posibilitó el desarrollo de mercados campesinos, educación, salud y electrificación rurales. Al mismo tiempo que se daba el apoyo estatal a la economía campesina, se llevaban a cabo los primeros intentos por hacer viable la explotación comunal del bosque en lugares como San Felipe de los Herreros, primer paso hacia la organización de empresas comunales cuyo punto culminante tiene lugar en el presente en San Juan Nuevo Parangaricutiro, una comunidad agraria de reciente confirmación (1991), quizás la más reciente de todas las comunidades en la vertiente sur de la Meseta, a la vez que demostración palmaria de que la institución comunal posee un vigor extraordinario, derivado de la acción social subyacente en la vigencia jurídica, no obstante la cancelación de la reforma agraria por el Estado central (cfr.Garibay y Bocco, 1999; Acosta y Embriz, 1998; Paredes, 1998; Stanislawski, 1959; Friedrich, 1977 y 1986; Zárate Hernández, 1993; Beltrán, 1994; Castro-Leal, 1989; Guzmán, 1989 y 1982; Morín, 1979; Carrillo, 1993; López Sarrelangue, 1965; Gorenstein, y Persltein, 1983; Perlstein, 1994; Zepeda, 1988; Sáenz, 1936; Basauri, 1940; Martínez, 1989; de la Peña, 1987; Pastor, 1989; Uribe, 1989; Gamio, 1958; Chávez Padrón, 1982; Reyes Osorio et al., 1974; Rojas Rabiela et al., 1999; Carot, 1999).


Dada la experiencia histórica acaecida en los últimos dos siglos, es previsible suponer que las comunidades agrarias indígenas michoacanas, purhepecha en particular, opondrán recios obstáculos a esta política. El Estado no puede desembarazarse del todo de su política social hacia los indígenas, so riesgo de crear un conflicto étnico de grandes proporciones. Chiapas y Guerrero son  preocupantes ejemplos al respecto. La política pública deberá disponerse a replantear su política indigenista, tomando en seria consideración esta larga experiencia de estructuración comunal en una planeación regional del gasto social, haciéndola mucho más consistente y equilibrada, todavía en el espíritu del Primer Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en Pátzcuaro en 1940, si bien apoyada en tres principios rectores, no visibles entonces,  a saber:

> Ya no puede eludirse la presencia activa de los indígenas como etnia.

> La estructura comunal puede regenerarse con bríos insospechados.

> El mismo indigenismo debe replantearse a fondo para responder a estos retos.