[ Ubicación, población y territorio ]

Los hablantes de la lengua mayense lak' tyan, o sea, "nuestra palabra", generalmente conocida como "chol" (que significa milpa; "milperos", nombre que les dieron los conquistadores), viven en una porción de la región Norte del estado de Chiapas, principalmente en los municipios de Palenque, Sabanilla, Salto de Agua, Tila y Tumbalá. También habitan de forma menos significativa, por su número y espacio ocupado, en los municipios vecinos de Huitiupán y de Yajalón.

Dispersos, y separados de este territorio ¾ resultado de las migraciones a la Selva Lacandona iniciadas a principios de la década de 1960¾ , un buen número de ellos se localiza en los municipios de Las Margaritas y de Ocosingo, conviviendo con tzeltales, tzotziles, tojolabales o mestizos. Así, la zona chol propiamente dicha, desde el punto de vista de la continuidad del territorio ocupado por quienes hablan ese idioma, comprende la mayor parte de los cinco primeros municipios mencionados y una pequeña parte de los dos siguientes. Ahí habitan 128 177 choles, de los 139 646 que radican en Chiapas. Después de los tzeltales y tzotziles, constituyen el tercer grupo de habla autóctona más numeroso en este estado.

La extensión de la zona abarca aproximadamente 6 146.7 kilómetros cuadrados y también está ocupada por hablantes de español, ladinos o mestizos, conocidos con el nombre de caxlanes (hablantes del castellano o "castilla").

Desde el punto de vista topográfico, la zona cuenta con tierras altas y bajas. Está ubicada en los últimos estratos septentrionales de las tierras altas (de Chiapas) que, apenas pasados los pueblos de Tila y Tumbalá (1 200 y 1 500 msnm respectivamente) se hunden, diluyéndose, en las denominadas tierras bajas. Y está atravesada por una serie de corrientes que alimentan a los ríos Puxcatán, al oeste, y Tulijá al este, cuyos cursos se unen en las cercanías de Macuspana, Tabasco, para formar el Chilapa y desembocar más adelante en el Grijalva. Esta región está naturalmente vinculada con la llanura atlántica de Tabasco.

Las tierras altas son semicálidas, mientras que las bajas son llanuras. Ambas son húmedas con un corto período de sequía y lluvias durante el resto del año; aptas para la agricultura que actualmente se realiza allí: preponderantemente cafeto en las altas, y maíz, frijol y pastizales para la ganadería, en las bajas.

Si se considera como punto central la convergencia limítrofe de los municipios de Tila, Salto de Agua y Tumbalá, la zona chol colinda al norte y noroeste con el estado de Tabasco, lado que a su vez constituye la frontera con los chontales; en la parte noreste, con el municipio de Catasajá, Chiapas, habitado por mestizos, al igual que por el este, que limita con el municipio de La Libertad; en el lado sureste tienen frontera con los tzeltales del municipio de Ocosingo y continúa ésta en el interior de los municipios de Huitiupán y Yajalón; y por el lado suroeste, limita con la parte del municipio de Huitiupán ocupada por tzotziles.

Las relaciones que mantienen los choles con sus vecinos que hablan otra lengua indígena son escasas y poco significativas. Por ser "gente campesina" y habitantes de comunidades aldeanas, igual que la gran mayoría de ellos, las relaciones en general son cordiales y se les concibe como "hermanos de la tierra". En pocos casos las relaciones son conflictivas a causa de asuntos de límites de tierra.

Su interacción más intensa y trascendente, por cierto muy disminuida hoy en día, se da con los caxlanes. La mayor parte de éstos habitan en las ciudades que son cabeceras municipales y se desempeñan principalmente en actividades comerciales y empleos públicos. También buen número de choles interactúan con otros caxlanes, igualmente comerciantes, que radican en las localidades externas y próximas a la zona: Petalcingo (subcabecera del municipio de Tila, habitado en su mayoría por tzeltales), y Yajalón por el sur, y, por el norte, Macuspana, Tabasco.
 

[ Historia, lengua, cultura, economía y relaciones inter e intraétnicas ]

La ocupación de este territorio por parte de los choles y caxlanes es, en cierto sentido, relativamente reciente. De acuerdo con estudios lingüísticos, glotocronológicos, el choltal de Tabasco y el chortí de Guatemala, junto con el chol de Chiapas, conforman actualmente el llamado grupo cholano o chontolano de la familia de lenguas mayenses. Se estima que, aun en el año 700 d. C., "el chontolano era una sola lengua", que predominó en una gran región, formada por un corredor selvático, donde floreció el período Clásico de la cultura maya: desde la costa de Tabasco y la Laguna de Términos, por el Golfo de México, hasta el Lago Izabal y Honduras por el Mar Caribe, ocupando toda la península yucateca, al norte de las tierras altas de Chiapas y Guatemala, y al sur de la región caliza y semiárida de Yucatán.

Después del siglo X, que marca la decadencia de los centros urbanos (Palenque, Toniná, Bonampak, Yaxchilán), el conjunto chontolano de lenguas convivió durante siglos y se diferenció poco a poco en una sucesión de regiones, que comparten la selva tropical húmeda. Ya sin la contraparte urbana de su pequeña tradición, los diferentes grupos chontolano tuvieron una economía para el consumo interno, con escaso comercio y, sobre todo, no tributaria: agricultura basada en maíz, frijol, camote, cacao, chile (ají), tabaco y achiote; ausencia de tortillas; industria textil familiar; cobre obtenido por el comercio; gran importancia de la caza y la pesca. Asociado a ello, en algunos lugares de los que se tiene noticia, se dice que carecían de sacerdocio de tiempo completo y de una palabra especial para designar "ciudad".

Tal era la situación que encontraron los españoles en su "entrada" a esta región selvática en la primera década de la conquista. La última "entrada", a fines del siglo XVII, dio como resultado el exterminio de algunos grupos descendientes del chontolano y la reubicación de otros. Así, las llamadas "guerras del Chol", que duraron cerca de dos siglos, convirtieron a esa región selvática en "desierto y soledad". Los choles, al parecer después de una primera reubicación, fueron trasladados a las tierras altas de lo que es su actual territorio, quedando en el dominio de encomiendas de Tila y Petalcingo; en un inicio administradas por particulares y, más tarde, por la orden religiosa de los dominicos.

En la segunda década del siglo XVIII, después de la represión desatada por su participación en la sublevación de Cancuc (1712-?), un buen número de familias choles de Tila y Tumbalá abandonaron las tierras altas y buscaron refugio en las tierras bajas que estaban despobladas, expandiendo así su territorio hasta lo que son los actuales límites con Tabasco.

Lo accidentado del terreno, la peculiar ecología de bosque y de selva tropical húmeda que la hacían inapropiada para los cultivos de la época, por un lado y, por otro, su lejanía con respecto de los centros de la administración colonial (Ciudad Real y la Capitanía General de Guatemala) y, sobre todo, la tenaz resistencia de los choles, formaron el cuadro de condiciones que dificultaban el control y condicionaron un relativo abandono por parte del poder colonial.

Ya para las primeras décadas del siglo XIX, los choles habitaban tierras comunales reconocidas por cédulas reales de la Corona, sin presión de encomiendas o de haciendas, pues éstas habían dejado de existir. Con ello recuperaron condiciones de libertad semejantes a las que por siglos tuvieron hasta antes de su conquista. Esta nueva situación, de mayor contacto con la naturaleza que con el resto de la sociedad, se prolongó hasta los últimos años de ese siglo y principios del XX.

A partir de entonces, y hasta el presente, el rumbo de la historia de los choles se vincula estrechamente con la historia de un cultivo comercial que se introdujo en la zona: el cafeto. La alta redituabilidad del producto, la creciente demanda estadounidense y europea de ese grano, la circulación mercantil y la baratura de las tierras adecuadas para cultivarlo y, en consecuencia, la posibilidad de disponer de trabajadores libres mediante despojo, aunado a las facilidades y estímulos gubernamentales para la inversión extranjera (liberalismo), colocaron a esta zona como centro de atención para compañías deslindadoras, seguidas de compañías productoras de café, de inversionistas particulares e, incluso, del gobierno federal y estatal (esto a pesar de que la vía de transporte más ágil, fuera de las veredas, se ubicaba en la periferia de la zona: fluvial, en Salto de Agua).

En ese contexto, matizado por un momento de mayor auge económico, después de haber ocupado las tierras más favorables (fertilidad, emplazamiento, vías de comunicación y disponibilidad de trabajadores), localizadas en Centroamérica y en la región chiapaneca del Soconusco, las plantaciones cafetaleras se extendieron hasta la región norte del estado. Así, después del deslinde efectuado por la Compañía de Tierras y Colonización de Chiapas, se vendieron miles de hectáreas de la zona a compañías inglesas, estadounidenses, alemanas y a particulares mexicanos.

El cambio de propiedad y dominio de esas enormes extensiones territoriales provocó profundas transformaciones entre los choles que venían ocupándolas. Muchas comunidades aldeanas, bajo diferentes mecanismos coercitivos, quedaron contenidas y otras fueron reubicadas en el radio de acción y de influencia directa de las fincas que se formaron. Los miembros trabajadores de estas localidades pasaron a la condición de peones o "mosos" (mosoj' a' ntel), a los que les cedieron en usufructo una parcela para la obtención de parte de su subsistencia.

Otros, quizá los más, siguiendo el viejo y conocido camino, se refugiaron en terrenos nacionales, asentándose fuera del control inmediato de los finqueros (propietarios de las fincas). Allí, vecinos de otras comunidades ya establecidas, una vez más reprodujeron su predominante economía de "milperos". Los miembros de éstas últimas, una vez que las plantaciones se consolidaron en los microecosistemas más apropiados, se vieron obligados a relacionarse con ellas para comercializar algunos productos en las tiendas del poblado, o bien para emplearse de manera temporal como asalariados en el período de cosecha. Con ello obtenían principalmente aguardiente, que por decreto se les prohibió producir, y dinero para pagar los mayores impuestos que el estado les exigía a través de una representación aldeana colectiva: los "justicia".

En o al lado de los terrenos ocupados por las plantaciones se formaron nuevos centros de población, a manera de enclaves, constituidos por alemanes (principalmente administradores y técnicos) y por mestizos (carpinteros, capataces, cocineras, encargados de las tiendas), provenientes éstos últimos de poblados del estado de Tabasco y de Chiapas. Muy pronto estas nuevas localidades, con los alemanes a la cabeza en unos casos y en otros con nacionales, se constituyeron en centros de poder en la zona, subordinando incluso a los poderes civil y religioso locales.

Empero, la prosperidad de estas fincas duró lo mismo que duró el auge que las condujo hasta ahí. Para mediados y finales de la década de 1930 (con la depresión) varias fincas ya habían sido prácticamente abandonadas y otras afrontaban serios problemas. Después de que el General Lázaro Cárdenas cruzó la zona en 1933, a través de veredas que eran la única vía de comunicación, las solicitudes de reparto de tierra gestionadas por algunos pueblos choles, iniciadas desde principios de los años veinte, se incrementaron notablemente.

Durante el gobierno cardenista (1934-1940) todas las fincas fueron afectadas por el reparto agrario; la mayoría de ellas desapareció por completo y unas pocas persistieron, aunque reducidas, la principal parte del espacio ocupado por plantaciones (por ejemplo, la Morelia en Tila, el Triunfo en Tumbalá).

De esta manera, por medio de la propiedad ejidal (posesión) miles de hectáreas fueron restituidas a los ex-peones choles y a los que habían conservado cierta libertad, simplemente la tierra les fue confirmada "por poseerla el pueblo desde tiempo inmemorial". Cabe destacar que algunas de las tierras dotadas eran "tierras de humedad con cafetales". La distinción que había entre choles mozos y choles campesinos se manifestaba en ese momento entre los que tenían cafetales y los que no tenían; es decir, entre los que recolectaban y vendían como excedente café y los que producían y vendían como excedente puercos, la grasa de éstos, maíz o frijol; ambos grupos sobre la base del mismo tipo de economía, orientada a la satisfacción inmediata de sus necesidades. En un inicio, las labores que los campesinos realizaban en las plantaciones, que a partir de ese momento las tenían bajo su dominio, eran sólo las de cosecha; muy pronto fueron invadidas por la maleza, reduciéndose su productividad hasta en un 50 por ciento.

Los alemanes de las fincas repartidas abandonaron la zona a la vez que los exempleados caxlanes, junto con algunos pocos descendientes de alemanes e indígenas. Se trasladaron a los poblados donde existían iglesias y habitaban caxlanes comerciantes y, por supuesto, choles campesinos: autoridades civiles y mayordomos (Palenque, Tila, Tumbalá, Sabanilla y Petalcingo).

Finalizada la Segunda Guerra Mundial hubo un vigoroso repunte del precio internacional del café: de 55 pesos que costaba el quintal, en 1945, aumentó en sólo dos años a 154 pesos. Esto trajo como consecuencia para la zona la intensificación del comercio (compra adelantada), a la vez que la recuperación y generalización del cultivo del cafeto entre los campesinos. A los pocos comerciantes caxlanes existentes se sumaron otras familias que, atraídas por esa bonanza, provenían principalmente de San Cristóbal de las Casas. Ya desde algunos años atrás acudían a la zona como comerciantes ambulantes ("zacatecas"). Estos poseían más experiencia comercial y más fondos económicos que los comerciantes exempleados de las fincas.

Muy pronto, entre los caxlanes se desataron fuertes conflictos y disputas por el control comercial y su ámbito territorial de influencia, no solamente entre los que habitaban uno y otro poblado, sino también, dentro de cada uno de estos. A la par, y asociado a ello, se desencadenó otra disputa por el control del poder político-administrativo local, confrontando en este caso a choles y a caxlanes. El resultado fue la desaparición de los cabildos tradicionales y de los "justicias" choles. Los puestos de mayor relevancia en los ayuntamientos fueron ocupados por caxlanes. A los choles les quedó sólo el espacio de las agencias municipales de cada aldea y las comisarías ejidales. Los conflictos por el control comercial se resolvieron obligando a los campesinos a comprar y vender en sus respectivas cabeceras municipales. Los arbitrarios y exagerados impuestos y "cooperaciones", el intercambio comercial desigual y la usura produjeron un acelerado proceso de acumulación de dinero.

Los choles, por su parte, comenzaron a destinar más y más tierra y tiempo de trabajo al cultivo del cafeto, no sólo en terrenos vírgenes sino, también, ocupando parte de los que se venían utilizando para producir maíz y frijol. Todo lugar apropiado para la agricultura se fue reconociendo como propiedad de los diferentes grupos domésticos aldeanos. Ello provocó fuertes conflictos y enconos (muchos aún presentes) por las tierras limítrofes entre uno y otro ejido (situación que se agravó en tanto que los deslindes hechos por las autoridades gubernamentales encargadas no se hicieron con oportunidad y, menos aún, con eficiencia), entre unas y otras familias y, con menor frecuencia, entre unos y otros hermanos por las parcelas heredadas.

Con todas esas transformaciones ocurridas en tan sólo una década y media, se dio forma a una tajante división social y territorial del trabajo, redefinida con relaciones de hegemonía y subordinación y, además, asentada sobre la diferenciación cultural y lingüística: comerciantes-urbanos-hegemónicos-caxlanes por un lado y, por el otro, productores-rurales-subordinados-choles. Relaciones fuertemente impregnadas de racismo en su versión local.

Ya para principios de la década de 1960 todas las cabeceras y subcabeceras, fincas y pueblos de importancia contaban con pistas de aterrizaje para avionetas y aviones de hasta tres motores, que introducían mercancías y sacaban el café de la zona, pero compitiendo con arrieros que transitaban por veredas. Al mismo tiempo que el café salía en avión, empujados por el surgimiento de una singular crisis económica local, aunada a una demográfica y otra ecológica, muchos choles comenzaron a salir por las veredas, a pie, en busca de tierras a los vecinos estados de Tabasco y Campeche y, en su mayoría, a la región chiapaneca de la Selva Lacandona. Más por riqueza que por pobreza, también aumentó la migración de campesinos de las tierras altas, principalmente los tumbaltecos, hacia las tierras bajas, a fin de ocupar allí parcelas para cultivar maíz o criar ganado vacuno y residir en forma temporal o definitiva. De igual manera, pero mediante compra de terrenos, se expandieron hacia el municipio de Yajalón, donde plantaron cafetos.

Al mismo tiempo que los choles se fueron especializando en el cultivo comercial, no sólo disminuyeron en forma considerable su producción de maíz y frijol, al punto de ser insuficiente para el autoabasto sino que, además, las artesanías, complemento básico de su economía natural, desaparecieron casi por completo y fueron sustituidas por mercancías de origen industrial de igual o semejante uso. Con esto la cultural material de los choles cambió radicalmente de apariencia: casas-habitación, indumentaria, utensilios domésticos y agrícolas. Las transformaciones también se comenzaron a manifestar en otros ámbitos: disminución del número de festividades comunitarias y del número de mayordomos (en Tila, por ejemplo, para 1973 ya sólo había 33 cargos ocupados, de los 105 que eran los tradicionales y, actualmente, el carnaval ya no se celebra, a pesar de los esfuerzos desplegados por organismos gubernamentales encaminados a "recuperar las tradiciones"); surgimiento de fiestas particulares (cumpleaños), de celebraciones patrias y de otras como el día de la madre y del compadre; marcada endogamia producto de las fricciones interaldeanas y de la centralización de las relaciones con las cabeceras municipales; matrimonios mediante rapto, sin concertación por parte de los padres; constantes conflictos interfamiliares provocados por habladurías y envidias; suicidios; prestigio fundado en el poder económico individual; consumo indiscriminado de medicamentos de patente y de productos enlatados. Asociado todo ello al desarrollo vigoroso de una nueva necesidad: la de acumular riqueza personal.

Estas y otras profundas transformaciones en la vida de los campesinos choles, puestas de manifiesto ya a fines de los años sesenta, sin duda, son consecuencia de los cambios operados en su economía: de natural a mercantil, de diversificada a especializada, de "comunidades cerradas" a "comunidades abiertas"; en síntesis, de milperos a cafetaleros.

Para principios de la década de 1970, algunos estudios realizados en la zona revelaban la existencia de diferencias socioeconómicas dentro de las comunidades y mostraban que éstas, como comunidades, ya estaban "tocadas de muerte". Desde el inicio del reparto agrario, mediando apenas dos generaciones (35 años aproximadamente) se había parcelado y reconocido de uso exclusivo, por parte de cada uno de los grupos domésticos aldeanos, todo tipo de terreno cultivable. Esto llevó a que la mayoría de los campesinos tenga ahora su propiedad fraccionada en cinco, seis y hasta diez lotes distantes unos de otros. Sobre la base de una desigual distribución de la tierra, el mercado actúa de regulador de la producción y ya no sólo la satisfacción de las necesidades inmediatas; comenzaron a desarrollarse relaciones de compra y venta de tierras (cuando no despojos) y, principalmente, de trabajo asalariado en detrimento de las relaciones de reciprocidad conocidas como ayuda mutua ("comotroñel").

Asimismo, para esos años ya existían otras diferencias dentro de las "comunidades". Destacan en este caso las que se formaron a partir de la creciente conversión de sus habitantes a otras religiones: evangelistas, sabáticos, testigos de Jehová, presbiterianos, pentecostales. En algunas aldeas existían dos, tres y hasta seis religiones distintas. Sin embargo, estas y otras diferencias se expresaban sólo como meras diferencias y no como antagonismo o divergencias. Los conflictos interaldeanos, ciertamente exacerbados, no llegaban más allá de lo que puede considerarse como parte de la cotidianidad en la vida campesina: envidias, acusaciones de brujería, chismes, pleitos en borracheras.

Otras diferenciaciones más relevantes y de carácter más amplio existían con manifestaciones de franco antagonismo. Dentro de éstas destacan tres: la protagonizada por comerciantes y campesinos, éstos autoidentificados como campesinos, y no como choles o indígenas (este último término tenía un marcado tinte discriminatorio, peyorativo); la que en forma más abierta confrontaba a comerciantes caxlanes frente a comerciantes choles establecidos en las cabeceras y subcabeceras municipales; y, en plena pugna y más sobresaliente, entre grupos de caxlanes que venían monopolizando el poder político-administrativo de las cabeceras y los grupos de presión que emergían de los choles y cuyos miembros, en su mayoría, ya no eran campesinos.

Por iniciativa de comités pro carretera de Tila y de Petalcingo y, también, por la de una misión de frailes franciscanos de Tumbalá, con el trabajo y "cooperaciones" en dinero por parte de los campesinos, a fines de los sesenta y principios de los setenta se comenzaron a construir precarias brechas, intransitables la mayor parte del año, que comunicaban a esos poblados con Yajalón (éste contaba ya con un camino de terracería, es decir, de tierra, que comunicaba con San Cristóbal de las Casas). De igual manera se inició otro desde Tumbalá hasta Salto de Agua, pasando por El Limar.

A la par del cambio que produjeron esas brechas a medida que se fueron haciendo más transitables (principalmente en los sistemas de comercialización y de crédito), se dejó sentir una repentina atención gubernamental, hasta entonces prácticamente inexistente, de: el Instituto Mexicano del Café (INMECAFE), la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (CONASUPO), el Instituto Mexicano del Seguro Social-Coordinadora General del Plan Nacional para las Zonas Deprimidas y Grupos Marginados (IMSS-COPLAMAR), la Dirección General de Educación Indígena-Secretaría de Educación Pública (DGEI-SEP), el Instituto Nacional Indigenista (INI) y la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos (SARH), entre otras. En algunos casos tenían iguales propósitos y programas y competían entre sí por dar atención a algunas comunidades. A la fecha, después de 25 años de acción, persisten los índices de marginación en la zona.

Asimismo, junto a esos organismos gubernamentales, y en algunos casos a través de ellos, empezó a desarrollarse la actividad de organizaciones y partidos políticos nacionales o regionales, distintos al partido y organizaciones a las que "pertenecían" los campesinos, aunque la mayoría de éstos lo ignoraban: Partido Revolucionario Institucional (PRI) y Confederación Nacional Campesina (CNC). Siguiendo la línea divisoria de los conflictos, rencillas o animadversiones, unas y otras comunidades fueron reconociéndose como priístas y pesetistas (PST), como de la Unión de Uniones o del INMECAFE. Muy pronto estas peculiares afiliaciones y sus liderazgos locales se comenzaron a definir en torno del control de los ayuntamientos. Con esto, las afiliaciones en varias aldeas dejaron de ser corporativas y comenzaron a ser por grupos intracomunitarios (más que individuales), generándose así enconadas divergencias apoyadas sobre las diferencias ya existentes.

Para mediados de los setenta las aldeas con conflictos de esa naturaleza eran pocas y sólo en algunas alcanzaban dimensiones de graves consecuencias. Un conflicto mayor se sobreponía: la lucha por la expulsión de los caxlanes de la zona. Con un novedoso discurso de corte indianista, apropiado y elaborado a partir del discurso oficial indigenista, del discurso populista gubernamental y del discurso de los partidos y organizaciones políticas de oposición, se formó un liderazgo chol que creó un singular sentido de pertenencia "indígena-chol", que aparecía como representación de los intereses de comerciantes choles y, por supuesto, los de grupos emergentes que aspiraban a ocupar la sede del poder local. También estaban representados los intereses de los profesores bilingües, que pugnaban por la expulsión de los profesores monolingües del mismo sistema federal (con algunas variantes, este tipo de movimiento se dio en otros municipios chiapanecos con mayoría de población indígena). El poder económico de los caxlanes, que no fueron expulsados de la zona (aunque algunos prefirieron trasladarse a Tuxtla y poner ahí su negocio), pero sí de los ayuntamientos, comenzó a disminuir a partir de entonces, más a causa de la competencia. Este grupo de choles no sólo se hizo del poder sino que también heredó la representación del partido oficial.

Ya en el poder, muy pronto se formaron de entre ellos dos grupos confrontados y afiliados a partidos políticos nacionales y a organizaciones regionales, involucrándose en esto muchos campesinos. Hoy en día, grosso modo, priístas-Paz y Justicia por un lado y, por otro, perredistas (miembros del Partido de la Revolución Democrática)-bases zapatistas. Esta actual confrontación ha profundizado las diferencias y atraviesa toda la zona, colocando de un lado y de otro a comunidades enteras y a grupos familiares dentro de las "comunidades". Así, a las peculiares crisis locales económica, demográfica y ecológica, se agrega una más: la política.
 

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